LECCIONES NO APRENDIDAS DE UNA PÁGINA DE LA HISTORIA

El derrumbe del régimen de Alberto Fujimori se produjo luego de una profunda crisis política en la que la negación de la realidad, por parte del presidente, de sus ministros y de sus principales líderes, era pan de cada día.

Prácticamente nadie en el oficialismo aceptaba ni la veracidad ni la gravedad de lo que ocurría. Muy por el contrario, escapar hacia adelante parecía el camino correcto. Las cortinas de humo servían para tapar los escándalos y, en apariencia, avanzar.

 

Nadine Heredia tenía 13 años cuando Fujimori fue elegido presidente y 23 años cuando este renunció desde Japón. Quizá no tenga en su memoria o en su vivencia lo que ocurrió y lo que vivimos los peruanos. No fue bueno para el país, fue triste para la democracia, desesperanzador para el hombre de a pie, pero debería haber sido aleccionador.

 

La presente coyuntura tiene muchas similitudes y por eso la preocupación. Si analizamos los hechos veremos peligrosas reminiscencias, preocupantes paralelismos y equivocados caminos ya recorridos, pero –al parecer- no aprendidos.

 

En primer lugar la convivencia de dos poderes; uno formal y otro de facto; uno arreglado a ley y otro al margen de ella; uno electo y otro impuesto. Antes fue el SIN y Vladimiro, y ahora es Nadine y su corte. Antes sólo Vladimiro era bueno, sabio y leal, y todo lo opuesto era malo, equivocado y desleal. Hoy sólo lo que opina Nadine, lo que desea y quiere es cierto; ella es la luz verde para avanzar.

 

En segundo lugar, la confrontación. Fujimori no conciliaba sino confrontaba. La lucha con la oposición fue permanente. Y muchas veces, esa lucha fue soberbia y prepotente. Ganar siempre no ayudó sino alimentó un resentimiento. La combustión política fue cargando una suerte de olla de presión. Cuando al final se pretendió destapar la olla para calmar las cosas voló por los aires destruyendo todo.

 

Hoy estamos, increíblemente, casi en la misma página de la historia. El gobierno, empezando por nuestro presidente y su esposa, y seguido por sus ministros más conspicuos, ha convertido el terreno de la política en una verdadera cloaca. Entre Urresti y Cateriano se disputan quien lanza el mejor insulto a los rivales para agradar a Nadine y Ollanta. Indigna a los que vemos, como simples ciudadanos, este espectáculo irrespetuoso, destructivo, abusivo y nada ejemplar.

 

En tercer lugar, cuando la economía es contaminada por la mala política el país sufre. Todas las reformas de segunda generación del fujimorato no pudieron emprenderse por el clima beligerante. Hoy, como vivimos en una guerra política interna permanente, estimulada por el gobierno y sus operadores, la economía no crece sino decrece. Y, peor aún, esta es utilizada para generar más enfrentamientos. Recordemos Servir, las AFPs o la denominada Ley Pulpin. Medidas importantes y necesarias pero que, en el contexto político en que se plantearon, se desvirtuaron y se vieron como esfuerzos para ganar espacio político, tiempo o distracción.

 

La economía como campo de batalla es lo más dañino para todos. Pero lo es más para quienes menos tienen. Por cada punto del PBI que no crecemos cientos de miles de hermanos peruanos no salen de la pobreza extrema y continúan siendo un lastre social inaceptable. Jamás lograremos darle agua, luz, salud, educación y trabajo a quienes hoy no lo tienen si seguimos peleando entre nosotros. Los enfrentamientos nunca traerán inclusión y oportunidades sino, todo lo contrario, atraso, pobreza y más miseria. Esto que parece tan simple no se entiende.

 

Por eso es importante reflexionar sobre nuestra historia. El Perú no ha comenzado con unos u otros, nuestra patria tiene siglos y se proyectará, obviamente, más allá de nosotros o nuestros hijos, y por eso la pregunta que debemos hacerle a nuestra clase gobernante es ¿Qué parte del historia quiere escribir?¿Cómo quiere ser recordada?

 

La coyuntura actual demanda reflexión y sinceramiento. Si el gobierno no entiende la gravedad y pretende seguir forzando la realidad, nos esperan tiempos muy malos. Las calles ya están calientes y los jóvenes están al frente. Han sido siempre y son hoy, nuevamente, la esperanza para llamar la atención frente a la indolencia. El 15 de Enero se prevé una nueva marcha aún más grande que las pasadas. En buena hora! Pero esa marcha ya no será sólo por una ley asesinada por la incompetencia política, como la Ley Pulpin, sino por la verdad. A nadie le gusta la mentira pero es insoportable que te mientan y además te insulten y se burlen de ti. El gobierno es doblemente incapaz; no tiene una lectura correcta del presente y es evidente que ha olvidado una importante página de nuestra historia.

 

Por: Alfonso Baella Herrera

Publicado en Semáforo Electrónico

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