Hora de definiciones

Bloqueos por doquier,  un muerto y sinnúmero de secuestrados abandonados en las carreteras, conflictos sociales,  paros anunciados, “mesas de diálogo” (premios al bloqueo)

, abdicación de la autoridad, inoperancia de la Fiscalía, impotencia policial,  desprecio por el derecho ajeno (Latinobarómetro: 12% de peruanos cumple la ley),  resurgimiento del terrorismo,  agravamiento del narcotráfico asociado a Sendero, capacidad cuestionada de las fuerzas del orden (¿es que no pueden, o que el gobierno no las respalda ni las deja actuar profesionalmente?),  legitimación de la violencia como medio de acción política,  impunidad del vandalismo y el bloqueo, corrupción, inseguridad ciudadana, desconfianza en los poderes públicos,  ineficacia y/o ausencia del Estado, desarticulación entre competencias centrales y regionales,  “minerofobia”  (muerte a la gallina de los huevos de oro) y ambientalismo de mala fe,  consulta previa con veto para negar la “licencia social”,  ministros inseguros de su poder, carencia de operadores políticos del gobierno, impericia de su mayoría parlamentaria, y profusión de proyectos legislativos contrarios a la competitividad, las políticas del Ejecutivo  y  el interés nacional.

 


En cualquier parte esta sintomatología llevaría al paciente a cuidados intensivos. No en el Perú bienaventurado, donde nuestro Presidente goza del 55% de aprobación. Arriesga una gira al Asia con la inminencia de  una  crisis ministerial que  podría haber pinchado el globo en que flota el país, exhibiendo la solidez de sus indicadores macroeconómicos entre “road shows” y los campanazos con que nuestro eficiente Ministro de Economía abre jornadas bursátiles en Nueva York y Londres.

 


Los peruanos toman las crisis y las denuncias con la misma naturalidad con que soportan el tránsito en Lima. Pero no es sensato abusar de la suerte ni saltar de crisis en crisis porque el desorden es acumulativo y podría ocurrir que los inversionistas observen una peligrosa infección que afectaría la seguridad jurídica que sus capitales requieren.


 


Además de novato en política, Humala es tan hermético y críptico que nos deja en manos de analistas y adivinos. También es muy desconfiado y odia delegar en un país difícil de gobernar sin equipos experimentados (eso salvó a Toledo del descalabro).


 


Con dos crisis ministeriales en menos de diez meses  tendría que haber aprendido varias lecciones.  La primera es que la ecuación entre autoridad y orden solo funciona si la autoridad se ejerce legalmente y garantiza el respaldo político necesario para aplicar la Constitución e imponer el orden público.  Las revueltas de su época hicieron decir a Göethe que prefería la injusticia al desorden; y no es exagerado evocar esa frase si comparamos la huelga de transportistas que liquidó a Allende – y alumbró a Pinochet – con los bloqueos que toman las carreteras del Perú y pueden convertirse en rebeliones populares.


 


Así como el gobierno no disimula el absurdo sentimiento de culpa con  que tolera la gran minería, tampoco oculta cuánto le repugna ejercer la autoridad legal propia de sociedades organizadas en Estados. Sin embargo, la Constitución le impone la perentoria obligación de hacer cumplir la ley y defender nuestros derechos, utilizando los resortes de la democracia y el orden jurídico para controlar las tempestades en que se han convertido los vientos que sembró durante la campaña electoral.


 


Embajador J. Eduardo Ponce Vivanco

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