Escritor que no pasa la página

No llama la atención que en estos tiempos en que se enseña a pasar la página, a mirar hacia delante o a – como se dice – aligerar la mochila que todos llevamos en la espalda, existan todavía personas atracadas en un momento en la historia. Sí sorprende que quien debido a su condición de reconocida calidad intelectual, debería estar generando altas dosis de entusiasmo, alegría y visiones de futuro, más bien irradie frustración, rencor y hasta rabia cuando vuelve cada cierto tiempo a nuestro país y le recuerdan el apellido que lo crispa y obnubila.

 

Es una pena, en verdad, escuchar a quien fue referente político, candidato presidencial y afamado escritor con lauros internacionales, ensañarse con un hombre ahora enfermo, encarcelado y abatido, sólo y únicamente, porque siente que tiene una deuda pendiente con él, sangre en el ojo o un resentimiento que, décadas después, sigue a flor de piel sin aceptar que la historia no se puede detener en un episodio, en un fracaso o en un momento aciago.

 

El país requiere de sus referentes democráticos lecciones de grandeza, gestos históricos, actos de elevada condescendencia y no posiciones que poco ayudan a diluir la polarización de la sociedad. Los peruanos necesitamos lecciones pero de liderazgo auténtico, indulgencia y madurez política.

 

La longevidad, en la vida, es una preciada condición que puede elevarse a la categoría de don que uno puede y debe aprovechar para, precisamente, dar lecciones y reflexiones. Las canas generan casi un aura de sabiduría cuando quien las ostenta habla con nobleza. Por eso, atacar al vencido, quizá en su hora última y desde la privilegiada posición que le proporcionan sus no pocos y legítimos pergaminos literarios ¿Es, acaso, señal de coherencia, valentía o poder?

 

Cada uno, desde su fuero interno, enseña finalmente lo que quiere. Unos podrán enseñar a perdonar, otros a mantener un luto eterno. De la misma manera unos podrán admirar al escritor, al literato y al fabulador pero, en contraste, despreciar al ser humano.

 

Estamos, sin duda, ante un caso que pasa de lo paradógico a lo patológico. No puede ser que un Nobel sea tan pequeño y que perder una elección presidencial se convierta no en episodio pasajero, como lo es, sino que se vuelva una obsesión, una especie de vendetta o, mejor dicho, una interminable pataleta que ya dura 22 años. Esa actitud sólo trae, una vez más, la pregunta de ¿Qué hubiera pasado si hubiera dirigido los destinos de la Nación?¿Estaríamos dónde hoy estamos o qué hubiera sido de nuestro querido Perú?
Alfonso Baella Herrera
@alfonsobaella

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