¿Debe caer el Canciller Roncagliolo?

La revelación sobre lo ocurrido en Buenos Aires con el ahora ex Embajador del Perú en la Argentina, Nicolás Lynch, ha removido el ambiente político nacional por las graves implicancia que este hecho tiene. El ex Canciller Francisco Tudela, en una columna publicada en este diario, ayer, puntualizó lo siguiente: “La Ley del Servicio Diplomático de la República establece como falta grave la conducta del embajador Lynch respecto a la organización pro senderista Movadef, pudiendo llegar la sanción hasta la destitución, la que ha sido evitada con su renuncia. ¿Tiene el ministro de Relaciones Exteriores responsabilidad en este bochornoso asunto? Sí y mucha, pues constituyendo las acciones del embajador Lynch una falta muy grave, el Canciller –que estaba al tanto de lo sucedido desde el primer momento–, debió sancionarlo en el acto, destituyéndolo o pidiéndole su renuncia, para así dar cumplimiento a lo prescrito en la Ley N° 28091. En lugar de ello, Lynch fue encubierto durante 10 meses después de cometida la falta grave, hasta que estalló el escándalo”.

 

 

Sin duda lo ocurrido es grave, pero: ¿Podría este hecho ser motivo suficiente para que el Congreso lo censure?

 

 

Tiene, en apariencia, poco sentido cambiar un Canciller sólo porque su embajador mete la pata. Aún cuando es evidente que supo de las reuniones con el Movadef y no tomó acción alguna, podría ser demasiado pedir su renuncia y menos en la presente coyuntura y a pocos días de iniciarse la fase oral en La Haya por el diferendo marítimo con Chile. “El país requiere estabilidad”, dicen sus defensores. “Ya no hay más que discutir sobre el asunto, ya el embajador Lynch ha renunciado y vamos a otros temas”, sostuvo el Presidente del Consejo de Ministros, Juan Jiménez, a su salida del Congreso de la República.

 

 

Pero lo ocurrido en Buenos Aires no es, por cierto, lo único que tiene en su ejecutoria. En realidad hay una conducta que no ha contribuido a generar consensos y menos liderazgo en un ministerio tan importante como el de Relaciones Exteriores. Las idas y venidas de Roncagliolo no son de ahora. Dijo sobre Estados Unidos cosas que, luego, dijo que no dijo. Está el incidente con la fragata británica que dejó en evidencia una absoluta falta de diplomacia y un manifiesto deseo de querer quedar bien con el régimen pro chavista de Cristina Kirchner. O su afán de pegarse a Venezuela y seguir sus dictados con respecto a lo ocurrido en Paraguay -secundando la ilegal suspensión de este país del Mercosur- para permitir la entrada de Chávez. O su solícito papel de “acompañamiento” en el proceso electoral venezolano ocupando un lugar al lado de los países del “Alba” donde brillan Cuba, Nicaragua e Irán; el principal exportador y financiador de terrorismo en el mundo.

 

 

Hay mucho más sobre Roncagliolo; basta buscar en Google para recordar por qué deberíamos decirle hasta aquí nomas, pero quizá la prudencia recomiende esperar otro momento. No faltará quien diga: “Hay que pasar la página” o “una raya más al tigre no importa”, demostrando con ese argumento sólo mediocridad. Lo cierto es que La Haya no debería ser un seguro de desempleo para nadie y que nuestra representación internacional debería estar en manos de verdaderos profesionales.

 

 

Alfonso Baella Herrera

@alfonsobaella

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