De “comeoros”, “perromuertos”, “proxenetas” y otras yerbas

En los últimos días, gracias a reveladoras denuncias del periodismo independiente, nos hemos enterado que siguen vivos varios especímenes en nuestra fauna política que creíamos extintos.

Habíamos abrigado la esperanza de creer que, como el Congreso anterior, no habría peor. Pensamos que la vergüenza pasada habría sido tan traumática que nadie con pasado o presente oprobioso estaría sentado nuevamente en una curul representando al pueblo peruano. Estábamos seguros que la lección la habían aprendido, por igual, elegidos y también electores.

 

Sin embargo la realidad, que siempre es más sorprendente que la ficción, nos hizo pisar tierra, volver a la realidad y caer nuevamente en la oscuridad de la desesperanza.  Algunos de estos, mal llamados, Padres de la Patria han sido descubiertos con las manos en la masa. Unos, recibiendo cupos por “defender” intereses de mineros informales amigos; otros, dirigiendo por si o por interpósita persona –llámese esposa-  burdeles de gran calibre en la sierra del Perú. En esta horda también están los que hacen el criollísimo “perromuerto” y no pagan sus deudas de campaña a pequeños empresarios que creyeron –incautos ellos- que su triunfo sería “negocio”, y los que están denunciados por depredar el medio ambiente o los que mienten en sus hojas de vida  y quieren pasar piola escondiéndose detrás de la acariciada, conveniente y oportuna inmunidad parlamentaria.

 

Podríamos mirar esta triste realidad y tirar la toalla pero, siendo la esperanza lo último que se pierde, creo que debemos buscar en este problema una oportunidad y una lección.

 

Es necesario reflexionar sobre la importancia que tienen los legisladores; sobre su labor de representación y sobre la obligación de ser ejemplo de virtudes ante el ciudadano de a pie.  Max Weber distinguió entre los políticos que viven para la política y los que viven de la política. En el último caso, la ambición política deja de valer por sí misma y se rebaja al nivel de un valor instrumental al servicio del enriquecimiento. Una sociedad con líderes así se envilece y se corrompe a si misma.

 

Por eso, podemos mirar lo malo peor también es necesario rescatar lo bueno y, en esa línea, a varios congresistas cuyas ideas podemos no compartir pero cuya honorabilidad y cuya presencia hoy en el parlamento es, en esencia, política.

 

Así, podemos discrepar o estar de acuerdo, por ejemplo, con Yehude Simon, Humberto Lay, Fernando Andrade, Richard Acuña, Lourdes Alcorta, Javier Bedoya, Luisa María Cuculiza, Kenyi Fujimori, Javier Diez Canseco, Víctor Andrés García Belaúnde, Luis Iberico, Mauricio Mulder, Marisol Pérez Tello, Andrés Reggiardo, Alberto Beingolea, Daniel Abugattas y muchos más,  pero lo que no podemos imaginar es que están en el Congreso para cometer acto incorrecto alguno,  porque son representantes, jóvenes o cuajados, que creen en el juego democrático y la alternancia de poder, y saben que los aciertos de hoy son el camino para su propio futuro político. Prestigian a la política porque defienden en esencia, en mayoría o minoría,  ideas políticas y no a sus amigos o familiares y menos negocios particulares de dudosa catadura moral. Y nos recuerdan -sin ánimo de comparación alguna-  a figuras como Valle Riestra, Ramirez del Villar, Villanueva del Campo, Sanchez, Prialé, Townsend, Alva Orlandini y los emblemáticos Bedoya o Haya de la Torre; todos políticos que hacían docencia no sólo por lo que decían sino porque su propia vida ha sido un ejemplo. Uno podía discrepar pero no dudar sobre su compromiso con el país.

 

Por eso lo ocurrido nos permite ver, por un lado, lo miserable de la política,  pero también nos sirve para dirigir la mirada a quienes como referentes quedan parados en esta tormenta. Deben entender –ellos- que no están allí solamente como elegidos por sus colectividades políticas sino y sobre todo para devolvernos a todos los ciudadanos y sobre todo a los jóvenes la fe en la política y en los políticos. Su responsabilidad es con todos los peruanos, con el país y con la democracia.

 

Importa, por eso, deslindar con la plaga que amenaza nuevamente a este poder del Estado. Hay que sacudirse de los corruptos y señalarlos con claridad. La Comisión de Ética tendrá una labor trascendente y muy delicada. Lo que haga será mirado con cuidado por todos los ciudadanos que no tenemos ganas de acomodos ni paciencia para manos blandas.  El Congreso tiene hoy un problema pero sobre todo una gran oportunidad y los ciudadanos debemos aprender a votar mejor porque a los “comeoros”, “perromuertos”, “proxenetas” y todo lo demás, los elegimos nosotros.

 

Alfonso Baella Herrera
www.baella.com

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