CORRUPCION EN EL CENTRO DEL PODER

 

 

Durante la campaña presidencial pasada Ollanta Humala encontró acaso la veta más importante de todas las que desarrolló como plataforma electoral: la corrupción. El y sus voceros, hoy congresistas, trabajaron hábilmente un discurso basado en los casos más sonados de los gobiernos de Alberto Fujimori y Alan García.

 

La idea era presentarse como una nueva era en la política nacional rodeados de oleados y sacramentados referentes, básicamente de izquierda, que enarbolaban las banderas de la “honestidad para hacer la diferencia”. No fue difícil frente al descalabro de la candidatura aprista y a los errores de los principales voceros del fujimorismo que Humala lograra capitalizar ambos espacios y se abriera paso posicionándose claramente. Para muchos de los que votaron en primera y segunda vuelta el ticket nacionalista era la más segura garantía para un gobierno sano.

 

No había jurado aún el Presidente cuando estalló el primer escándalo en el que Alexis Humala, hermano y principal actor de la campaña que acababa de concluir, aprovechó esa condición para viajar nada menos que a Rusia junto con el congresista –y ahora vocero principal de nacionalismo- Josué Gutiérrez, para hablar de “negocios” con el Primer Ministro de esa potencia mundial.

 

Siguió, a los pocos meses, el escándalo en el restaurante Las Brujas de Cachiche en el que fue el vicepresidente, Omar Chehade, quien tuvo que dejar ese cargo, por evidenciar lobbys al más alto nivel político, siendo salvado de la defenestración congresal por el voto de Yehude Simon que “no encontró pruebas”. Luego estuvo el caso de la ONAGI, creada por Humala, con la solícita Dacia Escalante que usó y abusó de recursos públicos por decenas de millones de soles en una suerte de clientelismo político.

 

Hoy, nuevos casos estallan ya no sólo cerca de Palacio sino en el centro mismo del poder. Cada minuto se van conociendo más indicios y personajes en algo que ahora comienza a ser habitual. Siendo lo peor la comprobación que en los casos pasados, como en los que hoy ocupan a la prensa e indignan a los ciudadanos, el gobierno sólo lanza fuegos artificiales, esgrime sus mejores clichés y pone el gesto más adusto para hacernos creer que repudia la corrupción y que no sabe nada ni conoce a nadie.

 

Lo que hemos visto ha sido un esfuerzo muy débil; y muchas veces cómplice. No hay culpables, de ese entorno, en prisión; y tampoco responsables políticos. Y cuando apretó, blindó u ofreció a los involucrados puestos públicos dorados aquí o en el extranjero.

 

Esa es la historia que están escribiendo los que alguna vez levantaron las banderas de una gran transformación. Transformación que parecen haber buscado, todos, pero sólo de sí y para sí. Una pena por el país y por todos los peruanos.

 

Por: Alfonso Baella Herrera

Publicado en Expreso el 3.12.14

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